miércoles, 7 de mayo de 2014

No me arrepiento de nada.


No me arrepiento de nada.

    Desde la mujer que soy,
    a veces me da por contemplar
    aquellas que pude haber sido;
    las mujeres primorosas,
    hacendosas, buenas esposas,
    dechadas de virtudes,
    que deseara mi madre.


    No sé por qué
    la vida entera he pasado
    rebelándome contra ellas.
    Odio sus amenazas en mi cuerpo.
    La culpa que sus vidas impecables,
    por extraño maleficio,
    me inspiran.
    Reniego de sus buenos oficios;
    de los llantos a escondidas del esposo,
    del pudor de su desnudez
    bajo la planchada y almidonada ropa interior.


    Estas mujeres, sin embargo,
    me miran desde el interior de los espejos,
    levantan su dedo acusador
    y, a veces, cedo a sus miradas de reproche
    y quiero ganarme la aceptación universal,
    ser la "niña buena", la "mujer decente"
    la Gioconda irreprochable.
    Sacarme diez en conducta
    con el partido, el estado, las amistades,
    mi familia, mis hijos y todos los demás seres
    que abundantes pueblan este mundo nuestro.


    En esta contradicción inevitable
    entre lo que debió haber sido y lo que es,
    he librado numerosas batallas mortales,
    batallas a mordiscos de ellas contra mí
    —ellas habitando en mí queriendo ser yo misma—
    transgrediendo maternos mandamientos,
    desgarro adolorida y a trompicones
    a las mujeres internas
    que, desde la infancia, me retuercen los ojos
    porque no quepo en el molde perfecto de sus sueños,
    porque me atrevo a ser esta loca, falible, tierna y vulnerable,
    que se enamora como alma en pena
    de causas justas, hombres hermosos,
    y palabras juguetonas.


    Porque, de adulta, me atreví a vivir la niñez vedada,
    e hice el amor sobre escritorios
    —en horas de oficina—
    y rompí lazos inviolables
    y me atreví a gozar
    el cuerpo sano y sinuoso
    con que los genes de todos mis ancestros
    me dotaron.
    No culpo a nadie. Más bien les agradezco los dones.
   
    Pero en los pozos oscuros en que me hundo,
    cuando, en las mañanas, al abrir los ojos,
    siento las lágrimas pujando;
    veo a esas otras mujeres esperando en el vestíbulo,
    blandiendo condenas contra mi felicidad.
    Impertérritas niñas buenas me circundan
    y danzan sus canciones infantiles contra mí
    contra esta mujer
    hecha y derecha,
    plena.
    Esta mujer de pechos en pecho
    y caderas anchas
    que, por mi madre y contra ella,
    me gusta ser.

Gioconda Belli

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